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El amor hace vivir


XI domingo del tiempo ordinario

El domingo pasado, el evangelio nos presentó cómo Jesús tuvo misericordia de una viuda, al resucitarle a su único hijo. Por la mentalidad del tiempo, la vida de una viuda sin hijos perdía todo significado, pues sin el marido se perdía la pertenencia legal, la pertenencia afectiva y el sostén económico; pero si a aquella mujer le quedaba un hijo, ella podía recobrar esa pertenencia cuando su hijo fuera mayor de edad; pero si no tenía hijos, entonces perdía toda esperanza, por lo que su vida quedaba marcada por el desprecio y la ignominia. Así, al compadecerse de aquella viuda, Jesús deja en claro que ha venido para darle significado, esperanza y contenido a la vida humana.

Ese motivo de su venida, lo ratifica de inmediato en la casa de un fariseo llamado Simón: Jesús fue invitado a comer por Simón, ahí llegó una mujer de mala vida, la cual empezó a llorar, bañando con sus lágrimas los pies de Jesús, los enjugó con su cabellera, los besó y los ungió con perfume. De inmediato vino el juicio de Simón: Si este hombre fuera profeta sabría qué clase de mujer lo está tocando. Pero Jesús que ve las intenciones del corazón, reprende a Simón, haciéndole ver cómo aquella mujer le está dando los gestos de atención que él no le dio y que eran propios del anfitrión hacia el invitado. Pero también viendo el corazón de la pecadora dice a Simón: “Por lo cual, yo te digo: sus pecados, que son muchos, le han quedado perdonados, porque ha amado mucho… y dijo a la mujer: tu fe te ha salvado; vete en paz” (Lc. 7, 36-49).

El mensaje es contundente: El amor, especialmente el de Dios hace vivir. Seguramente aquella mujer, antes, en algún momento, había visto y escuchado a Jesús y sin lugar a dudas ella se había impactado. Por ser pecadora, era una mujer señalada, repudiada, fuera de la ética y de los parámetros sociales; pero ahora el amor de Dios ha tocado su corazón y ella entiende que eso está por encima de los criterios y juicios humanos, que ese amor le puede ayudar a recobrar la vida, es decir, su dignidad. Por eso se acerca con decisión a quien es todo amor, para también ella darle un amor sin condicionamientos, sin límites; se olvidó de sí misma y del juicio de los otros para amar a Jesús. Jesús, por su parte, ve su condición pecadora, pero la ve con el amor misericordioso que lo renueva todo.

Y si el salmo dice: “Dichoso el que ha sido absuelto de su culpa y su pecado” (Ps. 31), pues entonces dichosa ella, por eso Jesús le dice las palabras más sagradas que Jesús podía decir: “Tus pecados te han quedado perdonados”… “Tu fe te ha salvado; vete en paz”. Son las palabras amorosas que renuevan el ser desde lo más profundo; que permiten al corazón experimentar la verdadera libertad.

Simón, como muchos de nosotros, procuró un encuentro con Jesús, pero no con el fin sincero de buscar el amor misericordioso o para atender la verdad de sus palabras, sino más como un hecho social; lo hizo para figurar, para quedar bien. Tal vez esperaba de Jesús un alago por la comida o por los decoros de la casa; pero no abrió su corazón al amor de Dios que hace vivir, que da libertad y llena de significado. Simón refleja a tantos que buscamos solo cumplir, que asistimos a Misa y a otros sacramentos y actos de culto solo por obligación, pero no por aprovechar la oportunidad de llenarnos del amor y de la gracia, no con intención de nutrir la mente y el corazón.

“Más que el pecado mismo, irrita y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor alguno de sus pecados” (Juan Crisóstomo). Para qué morir en el pecado, si el amor de Dios nos hace vivir.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel
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1 comentarios:

  1. mis hermanos esperados no creen en la confesion con el padre y se pierden ese acto de amor de dios con los hombres por fe pus el lo hizo para que sus disipulos lo hizieran no en tienden lo que es y lo que se siente ser adsueltoes como cuando cambiaron a barabas por jesus bueno eso me imaguino

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