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¡Señor, yo no soy digno de que vengas a mí, pero te necesito!


IX domingo del tiempo ordinario

Después de la predicación de las bienaventuranzas y de algunas acentuaciones especiales, Jesús entra en Cafarnaúm, ciudad comercial, situada a orillas del mar de Tiberiades, lugar de encuentro entre culturas diversas y con presencia significativa de parte de las autoridades romanas. Es ahí donde se da una interacción entre Jesús y los enviados de un centurión romano, que tiene un criado muy enfermo.

El centurión oyó hablar de Jesús y “le envía a algunos de los ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su criado” (Lc. 7, 3). El evangelio describe que se trataba de un hombre que trata bien al pueblo, que incluso les había construido una sinagoga. Pero ahora su corazón va más allá: se abre con humildad para buscar la ayuda de Jesús, y todavía más, cuando Jesús ya viene a su casa manda otros emisarios para que le digan que él no es digno de recibirlo en su casa, por lo que basta una Palabra de Jesús para que su criado quede sano: “Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que tú entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte. Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano” (Lc. 7, 6-7), lo cual suscitó la admiración del mismo Jesús.

Lo que sucede con el centurión nos sirve de modo inequívoco para entender el proceso de la verdadera fe, que parte de un corazón sensible a las cosas buenas, que entiende que no puede resolverlo todo y que se abre a la ayuda de Dios. El camino de la fe, como sucede con el centurión, nos hace conscientes de nuestra indignidad frente a la grandeza de Dios, nos permite reconocer el poder de su palabra, para luego conducirnos hasta su abrazo misericordioso. Este es el camino que Cristo nos ha marcado, por eso Él primero abrazó y lloró en nuestra miseria; después, con sus milagros, nos mostró el poder de su palabra; para luego con su muerte y resurrección darnos ese abrazo misericordioso y lleno de vida.

Solo un corazón abierto a la ternura divina puede vencer la soberbia, solo un corazón abierto a las bondades de Dios es capaz de creer; así sucedió con el centurión y ojalá así sucediera con tantos corazones más, empezando con el nuestro. Sin esa apertura del corazón, podemos invitar a Jesús a nuestra casa, podemos tomarlo en la hostia consagrada, podemos acudir a su templo y tantas cosas más, pero siempre con el riesgo de que no llegue a lo más sagrado de nuestro corazón. Bien comenta San Agustín, al referirse al centurión: “No hubiera tenido una felicidad tan grande si el Señor hubiera entrado en su casa, pero no en su pecho”. Más aún, “llamándose indigno se mostró digno de que Jesús entrara, si no en su cuerpo, sí en su corazón” (Sermones, 62, 1,1). He aquí la infinita diferencia entre comulgar el cuerpo de Cristo con profunda fe y devoción y hacerlo solo como un rito más.

Cada Santa Misa, cuando el sacerdote presenta el cuerpo de Cristo al pueblo, los fieles pronunciamos las mismas palabras que el centurión: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero con una palabra tuya bastará para sanarme”. Pero acaso, ¿cada que pronunciamos dichas palabras suscitamos en Jesús al menos una pequeña admiración por nuestra fe y humildad?

Señor, no somos dignos de tu presencia, pero de verdad cuánto te necesitamos. Por amor, ven a nosotros a pesar de nuestras miserias y la tibieza de nuestra fe, ven y transforma nuestro corazón.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel
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1 comentarios:

  1. estoy pensando que esa orasion sirve cuando alguien desea tener la comunion sacramental pero cuando por un error no le puedendar la absulcion por estar en pecado con esta orasion dios tendra miseriocordia y por grasia lo perdonara

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