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A la vida humana no le podemos quitar sus alcances divinos


XIX domingo del tiempo ordinario

Enfrentar la vida desde una perspectiva solo terrenal se vuelve algo muy ingrato y limitado, pues en ese nivel es imposible que el ser humano satisfaga las aspiraciones más profundas que le exige su corazón; además es luchar cada día solo desde la accidentalidad de la vida sin advertir la más alta trascendencia con que Dios marcó nuestro ser.

Leemos, por ejemplo, en el libro de los Reyes la experiencia dolorosa que enfrenta el profeta Elías a partir de que pierde de vista que es un enviado de Dios: ya había avergonzado a los profetas de Baal, echándoles en cara su idolatría, desenmascaró al rey en su pecado y mostró que hay un solo Dios, pero ahora el rey lo persigue a muerte, por lo que él huye al desierto. Ante la apremiante situación, por ver tan cerca la muerte, dice el profeta: “¡Basta, Señor! Quítame la vida” (1 Reyes, 19, 4). Es la expresión de quien al perder de vista las dimensiones divinas de su vocación, pierde también el sentido de su existencia, por eso el profeta quiere morir.

Debemos enfrentar la vida con el carácter sobrenatural que Dios imprime en nuestro ser, en nuestra vocación, pues solo desde ahí podemos luchar a pesar de las adversidades, por eso el ángel del Señor se acerca al profeta y le indica: “Levántate y come, porque aún te queda un largo camino” (1 Reyes, 19, 7). Ese carácter sobrenatural de nuestra vida, Dios nos lo da a través de la fe, de ahí que la fe siga siendo, en el tiempo actual, algo esencial para el buen vivir, a pesar de que muchos la nieguen. En este sentido, el Papa Benedicto XVI comenta cómo con frecuencia muchos viven muy preocupados por las situaciones sociales, culturales y políticas, pero no asumen con la misma preocupación el cuidado de la fe, más aún algunos no solo pasan la fe a un plano meramente secundario, sino que incluso la niegan (Cfr. Porta Fidei, 1).

San Pablo, por su parte, nos exhorta a no causar tristeza al Espíritu Santo, lo cual se da cuando no nos abrimos a sus dones, cuando no nos dejamos ayudar por Dios, empobreciendo así nuestro corazón; pues sin Dios el corazón vive más atado a la aspereza, a la ira y a toda clase de maldad (Cfr. Efesios, 4, 30. 31), y es así como la vida se nos complica. Por el contrario, debemos alimentarnos de Cristo que es amor, que es el pan vivo bajado del cielo (como lo presenta San Juan en el capítulo 6), el cual imprime en nuestro ser una alegría y un proyecto de vida que va mucho más allá de lo circunstancial; el deseo de Dios hacia nosotros, igual que en el caso del profeta, no es que muramos, sino que cada día nos levantemos, comamos y caminemos hacia adelante. Por eso Dios viene a nuestro encuentro, a través de su Hijo Jesús, el cual se convierte en nuestro alimento: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo… el que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn. 6, 41-51). De Él tomamos la fuerza para enfrentar la vida con decisión, su presencia evita que nos sintamos rendidos ante las asperezas de la vida.

Este es el camino de la fe y como enseña el Papa: “Atravesar esa puerta (la de fe) supone emprender un camino que dura toda la vida” (Porta Fidei, n. 1). “Profesar la fe… equivale a creer en un solo Dios que es Amor” (Cfr. Ibidem), el cual se nos ofrece como alimento que da vida eterna.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

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