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Amar a Dios y al prójimo es todo un privilegio


Es haber entendido la fuente del amor y el motivo más profundo para vivir

XXXI domingo del tiempo ordinario

Todo buen judío, de acuerdo a la enseñanza de Moisés, repetía tres veces al día: “Escucha Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” (DT. 6, 4-6). Se trata de la expresión de fe más profunda que recoge la esencia de la espiritualidad judía; pero es una expresión de fe que, a su vez, implica una consagración total a Dios, por eso exige amar desde las principales dimensiones de la estructura humana, según la antropología hebrea: el corazón, el alma y la potencia corporal.

Jesús, junto con sus apóstoles, se mantiene fiel a esa fe y a esa consagración amorosa a Dios, por eso cuando uno de los escribas le pregunta sobre el primero de los mandamientos, Él de inmediato responde con la fórmula enseñada, desde antiguo, por Moisés: “Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios,…”. Pero además, Jesús añade: “El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que estos” (Mc. 12, 29-31).

En tiempo de Jesús, había en los judíos dos tendencias: Una, la de multiplicar preceptos; se tenía un precepto para cada cosa y para cada momento, creyendo que ahí estaba la perfección de la vida religiosa. Para otros, en cambio, era necesario entender, más allá del peso sofocante de tantos preceptos, dónde estaba la esencia de la ley divina. En esta segunda mentalidad va la pregunta del escriba, pero también en esta línea se enmarca la respuesta de Jesús. Lo urgente, lo verdaderamente importante y necesario en la vida es amar a Dios y amar al prójimo.

El Cardenal Karol Wojtyla, comentando la respuesta que Jesús da al escriba, señalaba en su obra “Persona y acción”, que el mandato del amor, encierra para Jesús dos destinatarios: Dios y el prójimo. Amar a Dios por encima de todo, pero la consecuencia necesaria y no opcional, de dicho mandato, es amar también al prójimo. Por lo tanto, después de Dios, “debemos amar al prójimo por encima de todo. Así, las exigencias para amar a Dios y al prójimo son las mismas. El amor a Dios exige la consagración total del ser, pero es la misma consagración que exige el amor al prójimo.

Responder al mandato del amor, en sus dos principales destinatarios, Dios y el prójimo, y hacerlo comprometiendo el ser en todas sus dimensiones, debemos verlo como un privilegio, más que como una exigencia. Amar es el acto más noble que el ser humano puede realizar; es el espacio más natural para mostrar la grandeza del propio ser; es el campo más propicio para encontrarnos con el otro.

Abrirnos al amor de Dios es mantenernos de la fuente misma del amor. Amar al prójimo, es entender la oportunidad que Dios nos da de tener un motivo sublime para vivir. Amar con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y con toda la mente, no es una exigencia caprichosa de Dios, sino mostrar el único modo como se puede amar de verdad; es la única manera de comprometer el ser en bien de la persona amada. Cuando queda fuera uno de estos elementos el amor se desvirtúa, pues corre el riesgo de quedar solo en sentimentalismos, en intereses materialistas o en niveles solo corporales; mientras que el verdadero acto de amor es disponer todo el ser para colaborar a que el otro sea mejor.

Las causas más profundas del sufrimiento humano no son la enfermedad, el hambre u otras expresiones más, sino la falta de amor, que también ocasiona en consecuencia enfermedad, hambre y otros malestares. Por eso, amando podemos ayudar tantísimo a que el mundo sea mejor; y es ahí donde encontramos el camino de la verdadera felicidad y ayudamos a que otros sean también felices.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

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